Quienes no sólo se pusieron con la Yepayek - una marinera lancha que corcoveaba con toda seguridad- sino además con la inigualable experiencia, amabilidad y logística de estos verdaderos héroes del ecoturismo (ad-honorem, cómo no), ingredientes fundamentales para que la exigente expedición no pareciera otra cosa que paseo de boy scouts.
En total fue al menos una semana con ellos. Y, al alero de jugosos choros al alicate, fueron muchas las cosas de las cuales pudimos conversar. Entre ellas esto de que son los propios guardias quienes - yendo mucho más allá de sus funciones- terminan haciendo de guías turísticos. Y, mejor aún, erigiéndose en la única vía para acceder a parques remotos, a los cuales sin su ayuda sería imposible llegar.
Tal vez ustedes han tenido experiencias similares. Recorren la Ruta Altiplánica y, en Isluga o Surire, de pronto se dan cuenta de que no hay dónde dormir; viajan, no sé, al Parque Nacional Llanos de Challe, llegan de noche ¿y qué hacen? Bueno, lo mismo que suele ocurrir en Torres del Paine, en el Llullaillaco o en la isla Robinson Crusoe: están medio perdidos, cae el sol, tocan la puerta de algún refugio de Conaf, toc, toc, y dicen "¿podríamos alojar aquí esta noche?"
Y, bueno, siempre hay espacio. Después de todo se trata de simples albergues, normalmente con hoyos en las paredes, donde seguro han llegado otros huéspedes. No siempre ratones.
En medio de la polémica generada por la sospechosamente ancha carretera que cruzará Pumalín Norte (cien metros; lo mismo que tiene el by-pass de Rancagua) se he dicho de todo, menos una cosa. Aparte de ser uno de los parques privados más grandes del mundo, y el séptimo más extenso de Chile, Pumalín se ha convertido en un notable ejemplo de todo lo bueno que puede llegar a ofrecer un parque. No es barato, cierto, pero en Pumalín no sólo hay camping con agua caliente, sino también un educativo centro de visitantes en el cual se coordinan todos los tures.
¿Existe algún Parque Nacional en Chile donde se ofrezcan los mismos servicios? Broma. Sólo dos ejemplos: en la playa de Anakena, en isla de Pascua, el camping de Conaf es una vergüenza. Y en Yerba Loca, la reserva ubicada en la curva 15 del camino a Farellones, en plena Región Metropolitana, la entrada no da derecho a nada, salvo a admirar la magnífica obra de Dios. Eso, porque ahí no hay refugio ni menos un digno centro de visitantes en el cual se resuma la exultante naturaleza que aparece ahí enfrente. Y, claro, es ahí donde uno comienza a captar cómo entiende el Estado esto de la vida outdoor.
Revisemos los números. Según estimaciones de la Organización Mundial del Turismo, entrado el siglo 21 esto de viajar no sólo será la principal actividad industrial sino, además, la más grande actividad económica que jamás haya existido en la historia.
¿Qué ofrecerá entonces Chile? Todo el mundo lo sabe: una naturaleza extrema e inigualable, asociada a exóticas culturas que han logrado sobrevivir pese a todo. Lo llamativo es que el Sistema Nacional de Ãreas Silvestres Protegidas, que administra Conaf - 32 parques, 48 reservas y 15 monumentos nacionales- , suma en total quince millones de hectáreas, nada menos que el 19 por ciento de la superficie de Chile. O sea, lo mejor de lo mejor. Puro filete.
El punto es el siguiente: en nuestro país aún no existe una ley de parques nacionales (sólo la Ley 18.362 con la que se crearon las áreas protegidas) y todo lo que hay se administra, por lo mismo, bajo los criterios del Ministerio de Agricultura. O sea, pese a los esfuerzos - que no son pocos- un parque nacional en Chile es más parecido a un bosque que a un destino turístico. E incluso cuando el principal sentido por el cual fueron creados es la preservación, finalmente los recursos para conservarlos son tan escasos que muchas veces ni siquiera eso se puede hacer: Cómo no: las necesidades son muchas.
Se dice que la vía al desarrollo turístico de Chile podría ser el mismo camino que tomó Costa Rica. Ojalá. Pero, así o así, lo que ahora tenemos son grandes y preciosos parques que, de una vez por todas, requieren buenos servicios y conectividad real. Se sabe: el mundo está cambiando y los que antes eran perdidos puntos en el mapa, hoy son atractivos destinos a los cuales todos quieren llegar. Pero, claro, ¿cómo vas a conocer el Parque Nacional Isla Guamblin? ¿O el Parque Nacional Cabo de Hornos? ¿Dónde duermes? ¿Cómo llegas? Olvídate. Por ahora, por suerte, están los inigualables guardias de Conaf. Pero se necesita más. Mucho más.
La dicotomía está ahí: parques vivos o parques muertos. Chile elige. ¿Qué dice usted?
Sergio Paz.
Revista del Domingo, El Mercurio Online 12/11/06