28.12.09
Cuando terminaron los abrazos y felicitaciones por el tremendo logro
de haber sido invitado a unirse a la Organización para la Cooperación y
el Desarrollo Económico (Ocde), la delegación chilena viajó a una
nevada Londres para aquilatar cómo ese avance podría variar la visión
que existe sobre nuestro país. Allí, diversos analistas e
inversionistas afirmaron que la entrada a este organismo confirmó el
cambio de percepción que ya se había instalado y que diferencia a
nuestro país de la mayoría de las economías emergentes. Nos dijeron que
ahora estamos en el selecto grupo de economías emergentes avanzadas.
¿Qué puede significar esto en nuestra ruta al desarrollo?
Del
tradicional grupo de 33 economías emergentes, los analistas
internacionales seleccionaron las top ten capaces de lograr un
crecimiento económico sólido, estable y sostenido. Para ello, se
fijaron no sólo en el riesgo financiero y el desempeño monetario y
fiscal, sino también en indicadores socioeconómicos y en la fortaleza
institucional. Como resultado, Chile quedó en segundo lugar en esta
categoría naciente, después de Singapur y antes que Corea, Taiwán,
Israel, China, Brasil, Sudáfrica, Polonia y República Checa.
Todas estas naciones tenemos en común haber mostrado fortaleza durante el remezón económico global.
Producto
de políticas rigurosas para asegurar menor fragilidad fiscal y mayor
profundidad financiera, demostramos que somos resistentes ante las
crisis, menos expuestos al riesgo sistémico que otros y más capaces de
garantizar la estabilidad. Pudimos aplicar políticas fuertemente
contracíclicas y limitar el contagio que había sido característico del
mundo emergente. Antes, cuando la economía global tambaleaba o un país
emergente entraba en problemas, los efectos negativos se transmitían en
forma inmediata al resto de las economías emergentes. Esta vez no fue
así.
Más significativo aún es que, según los expertos,
estos 10 países ya nos "graduamos" de la fase de economía emergente,
por lo que ahora debiéramos encaminarnos hacia el desarrollo. Algo
parecido dijeron los embajadores de los 30 países Ocde tras aprobar la
entrada de Chile. No sólo valoraron las buenas políticas públicas, que
habían analizado en detalle durante el proceso de admisión. También,
reconocieron nuestra capacidad para construir acuerdos transversales
que permitieran consensos legislativos para elevar los estándares en
algunas políticas, como en intercambio de información tributaria,
responsabilidad penal de personas jurídicas y los gobiernos
corporativos de las empresas públicas y privadas.
¿Significa
todo esto que alcanzar el desarrollo está garantizado y que nos
deslizaremos hacia esa meta, sencillamente, gracias a la inercia? Por
supuesto que no. Lo que hemos logrado fruto del esfuerzo de todos se
puede evaporar si bajamos el ritmo o no mojamos lo suficiente la
camiseta. Ser miembros de la Ocde es una especie de entrenamiento
permanente que nos ayudará a mantenernos en forma, concentrados en las
reformas que aún nos faltan en materia de calidad de la educación,
empleo y participación laboral, innovación y modernización del Estado,
entre otras. Y podremos hacerlo sin partir de cero cada vez, sino
revisando los resultados exitosos de otros países y contando con el
apoyo experto de quienes ya llevaron adelante esos cambios.
Estar
en la Ocde y ser parte de las economías emergentes avanzadas no son
sólo buenas etiquetas, sino hitos que nos ayudan a ver más claro cuánto
nos queda todavía para el desarrollo -y cómo podemos llegar allá,
pronto-.
Fuente: La Tercera