Entrevista
"Ocde: no sólo una buena etiqueta", por Andrés Velasco
28.12.09

Cuando terminaron los abrazos y felicitaciones por el tremendo logro de haber sido invitado a unirse a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde), la delegación chilena viajó a una nevada Londres para aquilatar cómo ese avance podría variar la visión que existe sobre nuestro país. Allí,  diversos analistas e inversionistas afirmaron que la entrada a este organismo confirmó el cambio de percepción que ya se había instalado y que diferencia a nuestro país de la mayoría de las economías emergentes. Nos dijeron que ahora estamos en el selecto grupo de economías emergentes avanzadas. ¿Qué puede significar esto en nuestra ruta al desarrollo?

Del tradicional grupo de 33 economías emergentes, los analistas internacionales seleccionaron las top ten capaces de lograr un crecimiento económico sólido, estable y sostenido. Para ello, se fijaron no sólo en el riesgo financiero y el desempeño monetario y fiscal, sino también en indicadores socioeconómicos y en la fortaleza institucional. Como resultado, Chile quedó en segundo lugar en esta categoría naciente, después de Singapur y antes que Corea, Taiwán, Israel, China, Brasil, Sudáfrica, Polonia y República Checa.

Todas estas naciones tenemos en común haber mostrado fortaleza durante el remezón económico global.

Producto de políticas rigurosas para asegurar menor fragilidad fiscal y mayor profundidad financiera, demostramos que somos resistentes ante las crisis, menos expuestos al riesgo sistémico que otros y más capaces de garantizar la estabilidad. Pudimos aplicar políticas fuertemente contracíclicas y limitar el contagio que había sido característico del mundo emergente. Antes, cuando la economía global tambaleaba o un país emergente entraba en problemas, los efectos negativos se transmitían en forma inmediata al resto de las economías emergentes. Esta vez no fue así.

Más significativo aún es que, según los expertos, estos 10 países ya nos "graduamos" de la fase de economía emergente, por lo que ahora debiéramos encaminarnos hacia el desarrollo. Algo parecido dijeron los embajadores de los 30 países Ocde tras aprobar la entrada de Chile. No sólo valoraron las buenas políticas públicas, que  habían analizado en detalle durante el proceso de admisión. También, reconocieron nuestra capacidad para construir acuerdos transversales que permitieran consensos legislativos para elevar los estándares en algunas políticas, como en intercambio de información tributaria, responsabilidad penal de personas jurídicas y los gobiernos corporativos de las empresas públicas y privadas.

¿Significa todo esto que alcanzar el desarrollo está garantizado y que nos deslizaremos hacia esa meta, sencillamente, gracias a la inercia? Por supuesto que no. Lo que hemos logrado fruto del esfuerzo de todos se puede evaporar si bajamos el ritmo o no mojamos lo suficiente la camiseta. Ser miembros de la Ocde es una especie de entrenamiento permanente que nos ayudará a mantenernos en forma, concentrados en las reformas que aún nos faltan en materia de calidad de la educación, empleo y participación laboral, innovación y modernización del Estado, entre otras. Y podremos hacerlo sin partir de cero cada vez, sino revisando los resultados exitosos de otros países y contando con el apoyo experto de quienes ya llevaron adelante esos cambios.

Estar en la Ocde y ser parte de las economías emergentes avanzadas no son sólo buenas etiquetas, sino hitos que nos ayudan a ver más claro cuánto nos queda todavía para el desarrollo -y cómo podemos llegar allá, pronto-.

Fuente: La Tercera


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